La enseñanza de la matemática: un “método anárquico”

La enseñanza de la matemática: un “método anárquico”

El Arq. Marcel Perchman ganó en dos oportunidades el Premio a la Excelencia Docente enseñando matemática en la Facultad de Arquitectura de ORT. La clave para lograr que los estudiantes se sientan cómodos con la materia es, según él, su "método anárquico".

Fecha: 05/08/2019

“Enseñando la peor materia”, bromea. Así es como el Arq. Marcel Perchman logró el Premio a la Excelencia Docente en dos oportunidades dando clase en la Facultad de Arquitectura de la Universidad ORT Uruguay.

Matemática 1, Matemática 2 y Cálculo 1 son las tres materias de la carrera de Arquitectura que lo han llevado a ser seleccionado por los estudiantes como el mejor docente de la facultad en 2005 y 2017, a pesar de la “mala prensa” que, a su entender, tiene la matemática.

La clave ha estado en la forma de enseñar de Perchman: clases no programadas, casos prácticos llevados a la vida real, mucha observación y atención a los estudiantes, y muchos errores. “Un método anárquico”, según el docente.

En julio de 2019, Perchman repitió la realización de un taller dirigido a docentes de matemática en Secundaria, que tuvo como fin el intercambio de opiniones sobre las temáticas y enfoques de los programas de esa materia.

En los encuentros que organizás para docentes de matemática de liceos, hablás sobre el salto que existe entre la enseñanza secundaria y terciaria. ¿Ese salto se da por una cuestión natural de lo que implica el pasaje del liceo a la universidad o es porque desde la universidad se espera que los estudiantes lleguen con conocimientos que no terminan de incorporar en el liceo?

Las dos cosas. Por un lado, en matemática particularmente, se da respecto al conocimiento acumulativo que van teniendo en secundaria: las mayores carencias que encuentro es que se van olvidando de cosas que tuvieron que aprender.

Esto, en los últimos años, ha sido bastante más trágico por culpa del celular, en mi opinión. A los alumnos les parece que, como tienen como extensión de su mano al celular, cualquier conocimiento lo tienen ahí. Le preguntás a un estudiante qué pasó el 25 de agosto y no se acuerda, y no le parece importante, porque lo googlea y enseguida obtiene la respuesta.

Los docentes de cierta edad, como yo, que tengo 50 años, venimos de una generación en la que había que acordarse de las cosas y ahora parece que no habría que acordarse de nada. Y me refiero a cosas tan básicas como el área de un triángulo; hoy se lo olvidan. Cuando uno quiere avanzar en conocimientos, se necesita un montón de los que uno ya adquirió en el liceo y los incorporó. Uno no puede estar googleando todo el tiempo. Esa brecha se ha dado.

Si la cuestión surge a partir del uso del celular, ¿el problema tendría que ser erradicado de raíz en el liceo?

Cuando intercambio con los docentes, yo no les digo “ustedes tienen que hacer esto”, ya que es un encuentro de colegas que estamos en distintas instancias. Eso es lo importante.

Cuando daba clases en el liceo, había mucha comunicación entre los docentes. Si yo estaba en cuarto, el profesor de tercero, por ejemplo, me decía si había algún tema que no habían llegado a cubrir. Esa comunicación, que debería ser lógica, tendría que ocurrir también entre el profesor de primer año de universidad con el de sexto de liceo. Eso es lo que buscamos hacer con los talleres con los docentes. Son encuentros entre continuadores de una cosa.

¿Creés que la falta de conocimiento acumulativo, como mencionabas, se da específicamente con la matemática o es algo más general?

Supongo que lo del celular pasa en todos lados. Un profesor de historia se debe de agarrar la cabeza cuando los estudiantes no saben las fechas patrias.

También entiendo que nosotros nos tenemos que adaptar a los alumnos y no ellos a nosotros. Esto es para mí un lema que aplico en todas mis clases. Si tengo que explicar el área del triángulo, no les digo “esto lo deberían saber”, trato de retroceder para tomar impulso. Los trato de entender a ellos.

Lo que hago siempre es saberme el nombre de todos mis alumnos. Me aprendo 200 nombres por semestre. Hay que empezar a entenderlos, saber de dónde vienen. En general se repiten las cosas que no saben, que se olvidan o a las que no les prestan atención.

Hasta hace cinco años no había alumno que no supiera Bhaskara. Todos la sabían decir de memoria y nunca pude entender cómo se sabían una fórmula tan horrible como esa pero no el área del triángulo.

Ahora ya hay varios que no saben Bhaskara. Está pasando esto en cosas que antes no pasaban.

¿Cada generación se acuerda de algo distinto?

No, cada vez viene peor. Se van olvidando de cada vez más cosas, porque el celular está cada vez más presente.

Ojo que no niego al celular, no niego a la tecnología. Sí digo “muchachos, el día que lleguen a una obra, no se pueden poner a googlear adelante del capataz una fórmula cuando les pregunte qué hacer”.  

Cultura es todo lo que te acordás después de que te olvidaste lo que aprendiste. Entonces, ellos, en general, hoy en día se olvidan de casi todo. Lo que sedimentan es poco, porque les parece que lo tienen en la mano.

Estos muchachos tienen una cosa que es la inmediatez, que es otro problema. Todo es ya. Te mandan un mensaje y quieren que les contesten ya. Yo empiezo un tema que va a ser desarrollado en varias clases, pero a la media hora que estás explicando te dicen “pero cuando me preguntes esto en el parcial...”.

Ya están pensando en la meta y no en el camino...

Exacto. Eso es fatal. Y les digo “olvídense del parcial”. Tienen que desmitificar lo que es un parcial, no es una valla que tienen que saltar y seguir corriendo hasta encontrar la otra, sino que es una instancia de aprendizaje.

Lo mejor que pueden hacer es aprender de sus errores. Tienen pánico a equivocarse y a mí me encanta que se equivoquen. Estoy convencido de que si me contestan erróneamente a una pregunta, es mejor que si me contestan bien, porque les voy a mostrar en qué se equivocaron.

Si te equivocás y te das cuenta que está mal, vale mucho más que si está bien. Esto lo discutimos con profesores que me dicen “¿cómo va a estar mejor algo de alguien que se equivocó que algo de quien lo hizo bien?”. Si vos lo hacés bien y la nota máxima es 100, yo te tendría que poner 100. Pero si uno se equivocó, no llegó al número correcto, pero se dio cuenta de que se equivocó, así no encuentre cuál fue el error, yo le pondría 102.

Yo sé que el que lo hizo bien se enojaría y eso es porque comparan. Pero el otro tiene un grado superior de desarrollo al que lo hizo bien, porque lo hizo, llegó a un resultado absurdo y se dio cuenta de eso: no solo hizo el desarrollo y cometió un error por una distracción, sino que también evaluó su resultado. Si el que lo hizo bien me pusiera al lado del resultado “es lógico por tal cosa”, tendría los 102 puntos.

Una de las cosas que tenemos que hacer es aprender a saber cuándo nos equivocamos.

¿Cómo se llevan los jóvenes estudiantes de Arquitectura con la matemática?

La matemática tiene muy mala prensa. Cuando me preguntan qué hago y respondo que soy arquitecto, a todo el mundo le parece lindo, porque les resulta una carrera magnífica. Cuando digo que soy docente de matemática me dicen “pobrecito”, como que me tocó la peor materia.

Yo gané dos veces el Premio a la Excelencia Docente dando “la peor materia”. Cuando lográs hacer entender la matemática, en general les gusta. Sé de gente que capaz no quiso estudiar Arquitectura por miedo a la matemática. ¿Vas a arruinar tu vida por un año de matemática? Es una locura.

Los estudiantes de Arquitectura se terminan llevando bien, pero por cómo encaramos la materia, porque la desmitificamos.

¿Se precisa saber matemática para ser un arquitecto brillante?

No. Pero si sabés matemática vas a ser mejor. Los arquitectos somos especialistas en generalidades, sabemos de todo nada y de nada todo, y la matemática te ayuda a racionalizar cosas, a razonarlo con lógica.


¿Cómo se logra desmitificar a la matemática?

La matemática tiene dos problemas, está muy mal enseñada y tiene mala fama.

Hay que acercarla a los estudiantes. ¿Por qué muchos se acuerdan del número Pi? Porque en la escuela los hicieron tirarse en el piso con una cuerdita a medir el diámetro de una circunferencia.

Yo les pregunto a los estudiantes qué les interesa. En un grupo en el liceo les pregunté y me respondieron el fútbol, entonces calculamos desde dónde conviene tirar un tiro libre para tener las mayores posibilidades de meter un gol. Terminamos haciendo trigonometría, parábolas...

Lo peor que podés hacer es preparar una clase y mantenerla. Yo no tengo clases programadas. Los muchachos vienen con preguntas de clases pasadas y empezamos con eso, porque la clase la doy para ellos.

Sí doy todo lo que es necesario dar, porque sé a donde tengo que ir, pero hay distintos caminos para llegar. Un semestre no es igual al otro, porque las personas son distintas.


¿Cómo resumirías que se define tu metodología?

Es anárquica. El método consiste en no tener método.

Por eso te digo anárquico, porque un método aplicado en dos grupos distintos, en uno puede ser un éxito y en el otro un fracaso.

El método, en tal caso, implica observar, estar atento a la clase. Es escucharlos y ver qué es lo que no saben, ver qué es lo que no entendieron. Por eso me gusta que se equivoquen.