
Una investigación publicada en Anales de Investigación en Arquitectura explora esa pregunta a través de los vínculos que conectan a una comunidad con sus prácticas, su arquitectura y su territorio.
El artículo académico “La patrimonialización del territorio rural: narrativas etnográficas en Huatlatlauca, Puebla”, de Pablo Jacob Morales Tapia, Rocío Ramírez Villalpando y Carlos Ríos Llamas, analiza este proceso desde la perspectiva y la vida cotidiana de los habitantes de Santa María de los Reyes Huatlatlauca, en Puebla, México.
A partir de un trabajo etnográfico, los autores muestran que la patrimonialización no depende únicamente de los bienes materiales: se construye también mediante prácticas, formas de organización, recuerdos y vínculos que conectan a las personas con el territorio.
Un territorio al que también se pertenece desde lejos
Durante el trabajo de campo, los investigadores encontraron personas que habían migrado y continuaban regresando para participar en fiestas y actividades comunitarias.
El paper registra además casos de participación en el mantenimiento de los templos mediante cooperación económica y de personas vinculadas con la migración que asumen funciones como fiscales, realizan mayordomías o integran comisiones.
Uno de los entrevistados, que había migrado cuando tenía 12 años, relató cómo las familias que viven fuera siguen regresando a sus costumbres y fiestas. El párroco también describió personas que, aunque residen lejos, continúan hablando de “mi pueblo”, “mi fiesta”, “mi templo” o “mi casa”.
Estas escenas forman parte de una investigación cualitativa y etnográfica que combinó observación directa y participante, entrevistas y trabajo de campo. Los autores realizaron 21 entrevistas a integrantes de la comunidad de entre 18 y 86 años y un grupo focal con 41 niños de entre 7 y 14 años de nueve localidades o barrios de Huatlatlauca.
La investigación permite observar así una forma de pertenencia que no se explica solamente por la residencia. El vínculo con el territorio también se sostiene mediante prácticas que se repiten, responsabilidades que se asumen y espacios a los que se continúa regresando.
Pero ¿qué ocurre cuando esas prácticas se encuentran estrechamente vinculadas con la arquitectura?
Cuidar un templo también es organizar una comunidad
Las iglesias y capillas de Huatlatlauca no aparecen en el estudio como objetos aislados de la vida comunitaria.

Alrededor de ellas existe una organización en la que intervienen figuras como principales, fiscales y mayordomos, con distintas responsabilidades asociadas con celebraciones religiosas, administración y cuidado de los inmuebles.
Los fiscales, por ejemplo, participan en el mantenimiento de las iglesias y tienen bajo su responsabilidad objetos y llaves. El paper identifica una red integrada por 16 comunidades y 23 inmuebles religiosos, entre iglesias, capillas de barrio y capillas de visita.
Los mayordomos, por su parte, asumen responsabilidades relacionadas con las celebraciones. Una de las prácticas descritas por los investigadores es la “promesa”: un principal visita la casa de la persona propuesta para asumir una mayordomía y lleva un obsequio. Si acepta el compromiso, se enciende una vela.
Estas formas de organización muestran que el cuidado de determinados espacios arquitectónicos está relacionado con prácticas sociales que les otorgan continuidad. El templo no aparece únicamente como una construcción que debe conservarse: forma parte de relaciones, responsabilidades y celebraciones que se reproducen alrededor de él.
Esa organización no es presentada por el paper como una estructura exenta de tensiones: también reconoce jerarquías y formas de autoridad que intervienen en la toma de decisiones comunitarias.
Para explicar cómo se construyen esos vínculos, los autores proponen mirar tres componentes que actúan de manera relacionada.
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El patrimonio no está hecho solamente de materia
El estudio articula actor, práctica y materia mediante un cuarto concepto: la materialidad.

El actor es el sujeto social que, mediante sus saberes, memorias y relaciones, otorga uso, valoración y sentido al territorio. La práctica comprende acciones cotidianas, rituales o simbólicas, mientras que la materia incluye los componentes físicos, naturales o construidos, que intervienen en esas acciones.
La materialidad conecta estas dimensiones: no se refiere solamente a la presencia física de la materia, sino al modo en que cobra sentido y valor mediante el uso cotidiano, incorporando significados, tradiciones, organizaciones, valores y memorias.
Esta distinción resulta importante porque evita reducir el patrimonio a una colección de objetos.
En Huatlatlauca, esta perspectiva lleva a observar los edificios junto con quienes los cuidan, las prácticas que ocurren en ellos y los significados, recuerdos y relaciones que se construyen a su alrededor.
Esa mirada permite conectar las construcciones religiosas con fiestas, formas de organización, recuerdos y prácticas cotidianas. Y también permite observar cómo esos significados se transmiten y representan entre generaciones.
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Cuando la arquitectura se vuelve parte de una memoria compartida
El ex convento, las iglesias, las capillas, los atrios, las calles y las plazas forman parte del territorio estudiado. Pero el paper no los aborda únicamente por sus características físicas.
Los autores encuentran relaciones entre esos espacios y la memoria, la fe, las celebraciones, las formas de organización y el sentido de pertenencia. En sus conclusiones, señalan que los inmuebles religiosos funcionan como estructuras materiales de anclaje para la identidad colectiva y forman parte de la continuidad cultural de la comunidad.
La investigación incorpora también la mirada de los participantes más jóvenes. En un grupo focal, 41 niños de distintas localidades y barrios trabajaron con dibujos y preguntas para expresar cómo percibían los espacios, usos y costumbres de Huatlatlauca.
Dibujo realizado durante el grupo focal por Guadalupe Uriel Vargas Tetecotl, 2023.
Estos dibujos no buscan representar estadísticamente a toda la infancia de Huatlatlauca. Forman parte de una estrategia etnográfica para acercarse a cómo los participantes más jóvenes perciben y valoran determinados espacios, usos y costumbres.
La arquitectura aparece así dentro de una trama más amplia. Su valor no depende solamente de su permanencia material, sino también de las relaciones que las personas establecen con ella.
Y esa trama tampoco termina en los edificios.
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Un patrimonio que también se construye en el paisaje
El territorio que describe el paper incorpora elementos naturales que forman parte de las narrativas y memorias de sus habitantes.
Uno de ellos es el Tentzo, asociado en distintos relatos locales con la figura de un viejo barbado y con historias vinculadas con el cuidado y la provisión. La investigación no presenta estas narraciones como acontecimientos históricos comprobados: las recoge como parte de las formas mediante las cuales los habitantes significan el paisaje y construyen vínculos con el territorio.
Arquitectura y paisaje aparecen, de este modo, relacionados con experiencias, relatos y prácticas. La patrimonialización permite observar esas conexiones sin reducir el patrimonio a los bienes reconocidos formalmente ni a su dimensión material.
Esto no significa que la dimensión material de la conservación sea secundaria. El propio estudio establece un límite importante: analiza los procesos locales de patrimonialización y su relación con la preservación arquitectónica, pero no evalúa desde la especialidad de restauración de monumentos históricos los procedimientos técnico-constructivos empleados por la comunidad.
Esa precisión permite volver a la pregunta inicial desde otro lugar.
Las personas que regresan, quienes cuidan las llaves de una iglesia, quienes organizan una fiesta, los niños que dibujan los espacios que reconocen y los relatos asociados al paisaje muestran distintas maneras de mantener una relación con el territorio.
En Huatlatlauca, la investigación permite comprender el patrimonio no solamente desde los bienes que permanecen en el territorio, sino también desde las prácticas y vínculos que continúan otorgándoles significado.
Y deja abierta una pregunta especialmente relevante para pensar la arquitectura y el territorio: si un patrimonio necesita ser usado, recordado, cuidado y significado para continuar formando parte de una comunidad, ¿qué significa realmente preservarlo?
La investigación completa desarrolla las narrativas etnográficas, los actores, las prácticas y las relaciones territoriales que permiten profundizar en esa pregunta.
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