
Ese es el punto de partida de “Hacia un futuro sostenible: Evaluación presente y futura de políticas energéticas para envolventes residenciales en México”, artículo académico publicado en Anales de Investigación en Arquitectura —Vol. 15, N.º 2, julio-diciembre 2025—.
El texto evalúa el desempeño térmico y las políticas obligatorias de eficiencia energética en edificaciones residenciales mexicanas a lo largo del siglo XXI. Para hacerlo, desarrolla una metodología con indicadores de mitigación del cambio climático y confort térmico, aplicada a viviendas de interés social.
La investigación compara un caso base con dos escenarios numéricos de mejora de la envolvente y proyecta su comportamiento para 2024, 2050 y 2100. El resumen del paper cuantifica el resultado principal: al mejorar la envolvente, la temperatura operativa se reduce cerca de 4 °C respecto del caso de referencia.
Más que presentar una solución constructiva única, el artículo propone una herramienta para evaluar políticas energéticas y anticipar su eficacia en el corto, mediano y largo plazo. La pregunta que deja abierta es especialmente relevante para la arquitectura: qué decisiones constructivas tomadas hoy seguirán siendo válidas cuando las condiciones climáticas usadas para normar la vivienda ya no sean las mismas.
Un dormitorio como punto de verificación
El caso base corresponde a una vivienda de interés social en León, Guanajuato. El paper la describe como una tipología habitual para población trabajadora: superficie menor a 60 m², espacios mínimos reglamentarios, muros de block extruido, vidrios de 3 mm en ventanas y losa de concreto.

La elección del dormitorio 1 responde a una condición física del caso estudiado. Por las características del edificio y por la estratificación del aire, las temperaturas más altas durante el año se concentran en el nivel donde se ubican los dormitorios y el baño. El dormitorio no se toma, entonces, como un espacio cualquiera: funciona como el lugar donde el sistema constructivo muestra con mayor claridad sus límites térmicos.
El monitoreo se realizó entre junio y septiembre de 2022, durante la temporada de mayor demanda de enfriamiento. Las mediciones se tomaron en el centro del espacio, a 0, 1,1 y 2,3 m de altura, de acuerdo con ASHRAE 55. Para la validación se utilizaron los datos registrados a 1,1 m, altura que el paper identifica como centro geométrico del espacio en los tres ejes.
Ese procedimiento desplaza la discusión desde la escala genérica de la vivienda hacia una situación verificable: la temperatura de un recinto usado para descansar por familias trabajadoras, cuyos horarios de ocupación se concentran precisamente en las horas de reposo.
La envolvente aparece allí en su dimensión más concreta. No como una categoría normativa aislada, sino como una condición que se comprueba en el comportamiento horario de una habitación.
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La cubierta como componente normativo y climático
El artículo sitúa la vivienda dentro de un marco constructivo más amplio. Señala que los sistemas más comunes en México utilizan ladrillo, block o cemento para muros, y losas de concreto o sistemas de vigueta y bovedilla para techos. También indica que, en más del 90 % de esas viviendas, no se aplican tratamientos a la envolvente, como medidas de hermeticidad o aislamiento térmico y acústico.
Esa constatación es decisiva porque el estudio no trabaja con una vivienda excepcional. El caso base se aproxima a modos extendidos de construir vivienda para sectores vulnerables. La pregunta no es únicamente cómo se comporta una casa determinada, sino qué ocurre cuando sistemas constructivos frecuentes se evalúan frente a políticas energéticas y escenarios climáticos futuros.
La norma central del análisis es la NMX-C-460-ONNCCE-2009, que define valores de resistencia térmica —valores R— para la envolvente de vivienda según zonas térmicas. En el caso estudiado, ubicado en zona térmica 3A, la exigencia se concentra en la resistencia térmica de la losa de cubierta.
Por eso la cubierta adquiere un papel específico. No es solo el cierre superior de la vivienda: es el componente donde el estudio verifica la relación entre norma, materialidad y desempeño interior. Las capas que la componen, su resistencia térmica y sus puentes de calor inciden en la temperatura operativa del dormitorio.
En ese punto, la envolvente deja de ser una noción general. Se vuelve un campo de decisión mensurable: espesor, material, cámara de aire, aislamiento, vigueta, bovedilla, impermeabilización, transferencia de calor.
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Del caso medido al clima proyectado
La metodología combina monitoreo experimental, validación estadística y simulación energética horaria. Esa combinación es importante porque permite que el modelo no nazca únicamente de supuestos, sino de una vivienda real medida durante varios meses.

Las simulaciones se realizaron en EnergyPlus 9.5. El modelo considera la presencia de un habitante, un perfil de actividades, ganancias internas, iluminación, equipos y ventilación natural mediante Airflow Network, dado que la vivienda no cuenta con sistema HVAC. El estudio incorpora infiltraciones y aperturas de puertas y ventanas con variaciones estacionales.
A partir de esa base, el paper compara el caso de referencia con dos escenarios numéricos de mejora de la losa. El primero incorpora, entre otras capas, poliestireno expandido y cámara de aire. El segundo analiza un sistema de vigueta y bovedilla, distinguiendo secciones homogéneas y no homogéneas para considerar puentes térmicos y transferencia de calor según el cálculo de la NMX.
La simulación se usa para someter una decisión constructiva —la composición de la cubierta— a condiciones climáticas que la vivienda todavía no experimentó, pero bajo las cuales podría seguir habitándose.
El análisis incorpora escenarios RCP para 2050 y 2100. En el escenario más pesimista, RCP 8.5, el paper observa un aumento de temperatura en el caso base que va de 1,5 °C en el mediano plazo a 4,5 °C hacia 2100.
Para la arquitectura, el punto crítico está en el desfase temporal: la norma se aplica hoy, pero la vivienda seguirá habitándose bajo condiciones climáticas distintas.
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Qué implica reducir la temperatura operativa
El resultado central del paper es la reducción cercana a 4 °C en la temperatura operativa al mejorar la envolvente respecto del caso de referencia. La cifra adquiere sentido porque la temperatura operativa permite comparar el comportamiento térmico del dormitorio bajo diferentes configuraciones de cubierta y distintos escenarios climáticos.
En el caso base, las simulaciones muestran menor control de la transferencia de calor interior: temperaturas más altas durante el verano, más bajas durante el invierno y una oscilación térmica más amplia que en los escenarios mejorados. En cambio, los sistemas con aislamiento y capas de mejora térmica presentan un comportamiento más estable a lo largo del siglo XXI.
Bajo RCP 8.5 hacia 2100, los dos escenarios mejorados registran una reducción aproximada de 4 °C frente al caso base bajo las mismas condiciones. El paper también proyecta, para los escenarios con sistemas constructivos eficientes, una reducción del 11 % en la demanda anual de energía para enfriamiento entre 2024 y 2100.
La lectura arquitectónica no está en celebrar la cifra, sino en entender qué la produce. El cambio se origina en la modificación de la envolvente: en la resistencia térmica de la losa, en las capas agregadas, en la forma en que el sistema controla ganancias de calor y en la capacidad del recinto para reducir su amplitud térmica.
En viviendas de interés social, esa diferencia adquiere una dimensión particular. El paper vincula la evaluación de políticas energéticas con pobreza energética, equidad y bienestar de usuarios vulnerables. Reducir la demanda de enfriamiento no es solo un problema de eficiencia; también forma parte de una discusión sobre acceso efectivo al confort.
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Normas energéticas frente a un clima que cambia
El estudio tensiona el alcance de las políticas energéticas actuales. La NMX-C-460-ONNCCE-2009 define criterios de resistencia térmica para la envolvente según zona climática, pero el paper pregunta si esas condiciones seguirán siendo suficientes bajo escenarios futuros.
La discusión es temporal. Las normas se aplican en un momento determinado, pero la vivienda que regulan o modifican continuará habitándose durante décadas. Si el clima proyectado modifica las necesidades de enfriamiento, también cambia el marco de suficiencia de las soluciones constructivas.
En la discusión, los autores sostienen que los escenarios numéricos eficientes proyectan una reducción del 11 % en la demanda anual de energía para enfriamiento de 2024 a 2100. También plantean que estos resultados deberían orientar la revisión de regulaciones de envolvente y su capacidad para adaptarse a cambios climáticos de corto, mediano y largo plazo.
El paper concluye que los países en desarrollo deben revisar sus políticas energéticas frente a dinámicas climáticas que afectan la salud humana y ambiental. Para México, señala la necesidad de adaptar estándares residenciales de energía, revisar metodologías de cálculo y caracterizar sistemas constructivos locales.
La arquitectura queda situada en ese cruce. No alcanza con pensar la norma como un requisito administrativo ni con pensar la cubierta como una solución constructiva aislada. En este estudio, la política energética se verifica en componentes precisos: valor R, losa, puentes térmicos, comportamiento horario del dormitorio y demanda de enfriamiento.
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Este paper interesa para la formación arquitectónica porque desplaza la eficiencia energética desde el equipamiento hacia decisiones verificables de proyecto. La pregunta no se resuelve al incorporar un sistema de acondicionamiento, sino al estudiar cómo la vivienda regula por sí misma la transferencia de calor.
La cubierta funciona como punto de ensayo. Allí se comparan capas, resistencias térmicas y puentes de calor para medir cuánto cambia el comportamiento del dormitorio. Esa relación entre componente y recinto es fundamental: permite entender que una decisión constructiva tiene consecuencias espaciales, energéticas y sociales.
El proyecto aparece, entonces, como una práctica de verificación. Distribuir ambientes, definir una fachada o elegir un sistema de cubierta implica prever cómo responderá la vivienda cuando aumenten las demandas de enfriamiento y cuando las condiciones climáticas de referencia ya no sean estables.
El artículo de Vázquez Torres y Hernández Pérez no agota esa discusión, pero ofrece una herramienta concreta para formularla con datos. Permite leer la vivienda social desde una pregunta material y política: cómo construir confort sin trasladar toda la carga al consumo energético ni profundizar las desigualdades que atraviesan el acceso a condiciones habitables.
El cierre vuelve a una pregunta constructiva, normativa y proyectual: qué envolventes residenciales en México podrán sostener condiciones aceptables de habitabilidad cuando el clima para el que fueron pensadas haya cambiado.
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