
El artículo académico “El otro lado de la modernidad y lo que Lina Bo Bardi encontró allí” propone una lectura de su trayectoria desde esa tensión: la de una arquitecta formada en las vanguardias europeas que, al entrar en contacto con Brasil, comenzó a construir una modernidad más próxima a lo local, lo artesanal y lo cotidiano.
Publicado en Anales de Investigación en Arquitectura, el texto, escrito por la Dra. Arq. María Isabel Alba Dorado y la Arq. Carla del Castillo Armas, analiza algunas de sus principales obras para comprender cómo Lina Bo Bardi articuló modernidad, cultura popular, regionalismo dinámico, reciclaje, reutilización adaptativa y sostenibilidad.
A su vez, permite volver sobre una pregunta que sigue siendo relevante: cómo proyectar desde lo existente sin perder capacidad de invención.
Una modernidad que cambió de lugar
Lina Bo Bardi nació en Roma en 1914, se formó en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Roma y llegó a Brasil en 1946 junto a Pietro Maria Bardi. Ese traslado fue decisivo. La arquitecta llegó desde una Europa marcada por la posguerra y encontró en Brasil un territorio donde la modernidad podía tomar otros caminos.

Este artículo de Anales de la Investigación en Arquitectura muestra que Lina Bo Bardi no rechazó las vanguardias modernas, pero tampoco las aceptó como un modelo completamente cerrado. Su obra comenzó a desplazarse hacia una arquitectura capaz de incorporar el clima, los materiales, las prácticas populares y las condiciones sociales del lugar.
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En ese movimiento aparece lo que el texto define como una modernidad más cercana a lo local. Una modernidad que no se limita a importar formas, sino que aprende a transformarse cuando entra en contacto con otras culturas, otros recursos y otros modos de habitar.
Ese giro permite entender por qué Lina Bo Bardi sigue siendo una referencia tan fértil: su arquitectura no se conformó con reproducir una idea de progreso. Buscó una forma de trabajar con aquello que ya estaba allí.
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Lo popular como inteligencia material
Uno de los puntos más potentes del artículo está en la manera en que aborda la relación de Lina Bo Bardi con la cultura popular brasileña. En Salvador de Bahía y en el noreste de Brasil, la arquitecta estudió objetos cotidianos, técnicas artesanales y soluciones producidas con recursos mínimos. Más que observarlos como curiosidades folclóricas o como piezas menores frente a la arquitectura culta, los entendió como expresiones de una inteligencia material capaz de resolver, adaptar y producir sentido.
Esa mirada aparece con fuerza en la exposición Nordeste, donde Bo Bardi destacó objetos realizados con materiales reutilizados. En ese contexto, escribió una frase breve y contundente:
“Materia prima: la basura”.
La frase resume una forma de atención. Donde el consumo veía descarte, Bo Bardi encontraba utilidad, invención y una poética de lo necesario. Esa sensibilidad fue decisiva para su arquitectura. La cultura popular, más que como decoración añadida a un lenguaje moderno, funciona como una fuente de conocimiento para proyectar de otra manera.
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Construir con poco, proyectar con intensidad
El artículo dedica también un lugar central a la idea de “arquitectura pobre”, concepto que Bo Bardi utilizó desde la década de 1970. En su obra, esa expresión no alude a una arquitectura menor ni a una renuncia proyectual. Refiere a una actitud ética y estética: construir con pocos recursos, aprovechar materiales disponibles, valorar técnicas populares y abrir espacio a procesos colectivos.

Bo Bardi trabajó con lo que encontraba a mano, pero no desde la resignación. Su arquitectura convirtió la economía de medios en una oportunidad expresiva y social. Allí aparece una crítica clara al desperdicio, al consumo y a la obsolescencia. También una manera de pensar la sostenibilidad antes de que el término ocupara el centro de muchas discusiones arquitectónicas contemporáneas.
En sus proyectos, cuidar recursos no fue solo una decisión técnica. Fue una posición cultural: reconocer valor en lo existente, prolongar la vida de los materiales y evitar que la arquitectura se desligara de las personas para las que se construía.
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Dar nueva vida a los edificios
La preocupación de Bo Bardi por lo existente se vuelve especialmente clara en sus proyectos de reutilización adaptativa.

En el SESC Pompéia, una antigua fábrica de tambores en desuso fue transformada en un centro cultural, deportivo y de ocio. En lugar de borrar la memoria fabril del edificio, la arquitecta trabajó con su estructura, sus naves, sus huellas y sus posibilidades de uso colectivo.
La propia Bo Bardi sintetizó esa actitud con una frase directa:
“Nadie modificó nada”.
Esa afirmación no debe leerse como inmovilidad. Al contrario: muestra una forma de intervenir con precisión, evitando demoler aquello que todavía podía sostener nuevas formas de vida. La reutilización de la fábrica permitió construir un espacio público activo, abierto al encuentro, al juego, al deporte y a la cultura. Allí, la arquitectura no se impone sobre lo existente: lo escucha, lo activa y lo transforma.
Algo similar ocurre en el Teatro Oficina, donde la intervención sobre una preexistencia dio lugar a un espacio flexible, con estructura desnuda, pasarelas y una relación más directa entre público y actores. En ambos casos, la reutilización adaptativa deja de ser una estrategia de ahorro para convertirse en una forma de proyecto. La arquitectura trabaja con memoria, pero no queda atrapada en ella.
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Naturaleza, técnica y vida cotidiana
La relación con la naturaleza también atraviesa la lectura que propone el artículo. En la Casa de Vidrio, construida en San Pablo, Bo Bardi ensayó una relación intensa entre vivienda, paisaje y vida cotidiana. La casa se eleva sobre pilotes, se abre al jardín y establece un diálogo directo con la vegetación del entorno.

El texto señala, además, que el conocimiento de la obra de Antoni Gaudí marcó un punto de inflexión en el giro de Bo Bardi hacia una arquitectura más orgánica.
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Esa relación con la naturaleza no la alejó de la técnica moderna. Más bien le permitió cuestionar sus rigideces. Bo Bardi buscó una arquitectura capaz de usar tecnología sin perder contacto con el clima, los materiales, el cuerpo y la experiencia diaria de habitar.
En su obra, naturaleza y técnica no aparecen como polos opuestos. Se encuentran en una manera de proyectar atenta a lo que el lugar ofrece y exige.
El artículo, publicado en Anales de Investigación en Arquitectura (Vol. 16, N.º 1, enero-junio de 2026), permite profundizar en esa lectura de Lina Bo Bardi desde la modernidad, el regionalismo dinámico, la cultura popular, la reutilización adaptativa y la sostenibilidad.
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Su recorrido aborda la Casa de Vidrio, el MASP, la experiencia en Salvador de Bahía, el SESC Pompéia, el Teatro Oficina y el plan de rehabilitación del distrito histórico de Salvador de Bahía, entre otros momentos de su trayectoria.
La lectura completa permite comprender cómo Bo Bardi construyó una obra capaz de unir modernidad y tradición, técnica y artesanía, edificio y comunidad, cultura popular y pensamiento arquitectónico.
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Una arquitectura hecha con lo que permanece
La vigencia de Lina Bo Bardi está en haber mostrado que la arquitectura no siempre necesita empezar de cero.
A veces el proyecto comienza con una fábrica que todavía puede alojar vida pública. Con una técnica popular que resuelve mejor que una solución importada. Con un objeto descartado que conserva utilidad. Con una comunidad que transforma un edificio en lugar de encuentro.
El artículo de Alba Dorado y Del Castillo Armas permite entrar en esa otra modernidad: una modernidad menos interesada en borrar lo anterior y más atenta a descubrir qué puede seguir viviendo en lo existente.
Desde esa mirada, Bo Bardi amplió los límites de la arquitectura moderna brasileña y dejó una lección que sigue siendo necesaria: proyectar puede ser una forma de cuidar, reutilizar y devolverle intensidad a aquello que parecía agotado.
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