
Smiljan Radić Clarke, arquitecto chileno laureado con el Premio Pritzker en 2026, ocupa hoy un lugar central en la conversación arquitectónica internacional. Su obra, marcada por una singular relación con la fragilidad, la memoria cultural, el sitio y la presencia física, invita a pensar la arquitectura más allá de la imagen y de las fórmulas repetibles.
Ese reconocimiento vuelve especialmente relevante una pregunta que atraviesa hoy a la disciplina: ¿qué lugar puede ocupar la inteligencia artificial en arquitectura cuando el proyecto sigue dependiendo de la experiencia, la observación, el criterio y el contacto directo con los espacios y los seres humanos que los habitan?
Inteligencia natural antes que alarma tecnológica
Radić no plantea la inteligencia artificial como una amenaza que deba rechazarse de plano. Tampoco la presenta como una solución capaz de reemplazar el trabajo proyectual. Su preocupación va por otro camino. En un reciente conversatorio realizado en el Teatro Biobío de Concepción (Chile), en el marco del Día de los Patrimonios, El Mostrador recogió una frase central para entender esa postura de Radić:
“Uno se tiene que preocupar de la inteligencia natural”
La misma orientación aparece en la publicación “Defiende Smiljan Radic la ‘inteligencia natural’”, del medio mexicano Reforma, que recuerda que, en la conferencia “Architecture: Distraction and Knowledge”, el arquitecto chileno —junto al Arq. Liu Jiakun (ganador del Pritzker en 2025) y al Arq. Francis Kéré (ganador del premio en 2022)— instó al auditorio de la Facultad de Arquitectura de la UNAM (México) a no preocuparse tanto por la IA y a nutrir la “inteligencia natural”.
Para Radić, más que negar la tecnología, el punto está en recordar qué sostiene su uso. La pregunta por la inteligencia artificial en arquitectura conduce a una cuestión anterior: cómo se forma la mirada de quien proyecta, decide, interpreta y construye sentido a partir de una herramienta.
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El 12 de mayo de 2026, cuando recibió el Pritzker en México, Radić comentó: “Es una visita a muchas cosas que vi en viajes, sobre todo entre 1993 y 1998, y son pequeños momentos que uno se acuerda”, agregando:
“Lo hice por un mensaje político, desde la disciplina: y es que en plena época de inteligencia artificial, uno se tiene que preocupar de la inteligencia natural. Y la única manera de hacerlo es procesar imágenes que son propias y que son poco transferibles”.
En este sentido, Radić añadió: “El viaje es una de esas imágenes, la lectura es otra de esas imágenes porque son instancias de uno a uno con ciertas cosas. Parto el discurso con el hall del Palacio de la Asamblea en Chandigarh porque es el mejor edificio que hay en el mundo que me ha tocado conocer. Y más que el viaje físico de salir del país, esto tiene que ver con mirar de manera atenta; podría haber hecho la misma declaración intuitiva sin salir de la cuadra a la cual pertenezco”.
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Mirar, leer y viajar
En el conversatorio citado por El Mostrador, Radić vinculó esa “inteligencia natural” con imágenes personales, viajes, lecturas y formas de atención. Al referirse al discurso que pronunció al recibir el Pritzker, explicó que estaba construido a partir de cosas vistas en viajes, especialmente entre 1993 y 1998, y de pequeños momentos recordados.
Pero la idea no se reduce a desplazarse lejos. Radić llevó el viaje hacia una dimensión más cercana: “mirar de manera atenta”, incluso sin salir de la propia cuadra.

Para la arquitectura, esa precisión es decisiva. La inteligencia natural de la que habla Radić no equivale a acumular referencias ni a consumir imágenes de edificios, sino que supone aprender a mirar, reconocer situaciones, construir memoria, advertir relaciones entre lugares, personas, materiales y usos.
En ese sentido, la discusión sobre inteligencia artificial en arquitectura deja de ser solamente tecnológica. También se vuelve formativa.
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Arquitectura más allá de la imagen
La mirada de Radić dialoga con una preocupación más amplia sobre cómo se aprende y se produce arquitectura en un entorno mediado por imágenes. En la entrevista a Radić “Distracción en la arquitectura”, publicada por ArchDaily, se recupera cómo su discurso en Ciudad de México reunió encuentros vinculados al arte, las ciudades, los materiales, las estructuras, las composiciones, los paisajes, la poesía, la naturaleza, las formas, las historias y los recuerdos que dejaron huellas en su imaginación arquitectónica.
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Ese recorrido ayuda a entender por qué la inteligencia artificial no puede pensarse, para el arquitecto, solamente como una tecnología de generación visual. Una imagen puede sugerir una atmósfera, acelerar una búsqueda o abrir una posibilidad. Pero el proyecto exige lectura de contexto, comprensión del uso, experiencia espacial, relación con el cuerpo y decisiones situadas.
En la lectura “Sin mensaje, solo presencia: Smiljan Radić Clarke y una arquitectura que existe para ser habitada”, publicada por Revista Deck, la arquitectura de Radić aparece asociada a la presencia, el cuerpo y la experiencia directa: una obra que exige desplazamiento y no puede ser comprendida plenamente como contenido de pantalla.
Ese énfasis permite leer su postura con mayor precisión: se trata de recordar que la arquitectura no empieza ni termina en ellas.
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De la inteligencia aumentada a la inteligencia natural
La conversación abierta en la cobertura del evento de inteligencia artificial más importante del año en Uruguay —que puede leerse en “Summit IA Human Future 2026: inteligencia artificial y nuevas preguntas para las disciplinas del espacio”— permite ubicar la mirada de Radić dentro de una discusión aún más amplia: cómo integrar nuevas herramientas de IA sin debilitar el criterio profesional, la lectura del contexto, la comprensión de los usuarios, la responsabilidad ética y la sensibilidad ante la experiencia humana.

En esa jornada, la keynote del experto Jonatan Loidi propuso pensar la inteligencia aumentada como una etapa en la que la IA puede ampliar capacidades humanas, pero también poner a prueba la actitud con la que cada persona y cada organización enfrentan el cambio.
La perspectiva de Radić la vuelve más exigente. Si la inteligencia aumentada pregunta cómo la IA puede ampliar capacidades, la inteligencia natural pregunta qué capacidades humanas vale la pena formar, cuidar y ampliar.
Ese cruce resulta especialmente fértil para la arquitectura. Una herramienta puede producir variantes, organizar información o generar imágenes con rapidez. Pero no necesariamente sabe qué mirar, qué recordar, qué dejar afuera, qué experiencia espacial importa o qué relación concreta se establece entre un proyecto y las personas que lo habitan.
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En el mismo Summit, Víctor Valle, ex CEO de Google Argentina, afirmó que “la máquina ve datos, no ve la esencia”. Leída junto a Radić, esa idea permite pensar la inteligencia natural como aquello que reconoce lo que no siempre aparece como dato: atmósferas, memorias, tensiones materiales, formas de uso, escalas, recorridos y modos de habitar.
Asimismo, aparece también otro fuerte punto de contacto. Hernán Cattaneo, icónico DJ argentino, planteó que dos personas con acceso a una misma IA pueden producir resultados distintos, porque la diferencia está en el talento, la personalidad, la intención y la búsqueda propia.
La mirada de Radić sobre la IA ayuda a precisar de dónde puede venir esa diferencia: de las imágenes propias, los viajes, las lecturas, la atención y la experiencia acumulada que cada proyectista lleva consigo.
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En ese mismo intercambio, Cattaneo retomó una frase del rector de la Universidad ORT Uruguay, Dr. Jorge Grünberg: “El humano va a perder su trabajo frente a otro humano que sepa utilizar mejor la inteligencia artificial”.
La idea desplaza la discusión de manera decisiva. Dejando atrás el reduccionismo “humano vs. máquina”, pasa a ser una pregunta por las diferencias entre humanos frente a una misma tecnología: quién sabe preguntar mejor, quién interpreta mejor, quién decide mejor, quién tiene una experiencia más rica para orientar el uso de la herramienta.
Ahí Radić aporta una clave especialmente útil para la arquitectura. Su “inteligencia natural” permite nombrar aquello que no viene incorporado en la IA, como una memoria visual propia, una cultura material, una atención entrenada, una sensibilidad espacial, una historia de recorridos, lecturas y encuentros.
En otras palabras, aquello que hace que una persona no use la herramienta como un atajo vacío, sino como parte de una búsqueda con dirección.
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Una pregunta central para la formación en arquitectura
Para las disciplinas del espacio, la inteligencia artificial puede abrir nuevas posibilidades, explorar alternativas, acelerar procesos, organizar información, ensayar visualizaciones o ampliar capacidades de análisis.
Pero, leída desde las declaraciones de Radić, la pregunta decisiva parece tener más que ver con quién la usa, desde qué experiencia, con qué referencias, con qué atención al contexto y con qué capacidad de decisión.
Ahí aparece una advertencia especialmente relevante para la formación en Arquitectura: ninguna herramienta reemplaza por sí sola el criterio proyectual. La capacidad de decidir qué importa, qué se descarta, qué relación se establece con un lugar o cómo se responde a una experiencia humana sigue dependiendo de una formación sensible, crítica y situada.
Aprender arquitectura en tiempos de inteligencia artificial implica conocer herramientas, pero también leer, observar, viajar, mirar con atención, reconocer contextos y construir una memoria propia.
En ese cruce, la “inteligencia natural” de Radić funciona como una advertencia y también como una oportunidad.
Frente a tecnologías capaces de producir imágenes, respuestas y alternativas con enorme rapidez, la formación arquitectónica sigue teniendo un desafío central: enseñar a decidir, interpretar y proyectar desde una relación profunda con los lugares y con las personas que los habitan.
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