El encuentro, organizado por la Facultad de Arquitectura de la Universidad ORT Uruguay, se realizó el 11 de agosto, de 09:00 a 16:30, en el Hemiciclo de la Escuela de Negocios —Luis de la Torre 919—, con participación presencial y vía Zoom.
Esta quinta edición del seminario tuvo como objetivo difundir tendencias, enfoques y desafíos de la práctica contemporánea del paisajismo en América Latina.
La actividad presentó experiencias que fueron desde jardines, balcones y paisajes productivos hasta parques públicos y desarrollos urbanos, donde las expositoras compartieron cómo leer las condiciones de un sitio, reconocer sus relaciones vivas, diseñar una intervención y revisar sus efectos.
Regenerar perspectivas para intervenir el paisaje
La arquitecta argentina Jimena Martignoni abrió el encuentro con Arquitectos Paisajistas de América, Generación R: Regenerando perspectivas / Regenerando paisajes (2025). Ideada, curada y editada por Martignoni para IFLA Américas, la publicación reúne 100 proyectos de 42 equipos de arquitectura del paisaje en 11 países y documenta respuestas recientes ante problemas ambientales, sociales y culturales del continente.

La “R” del título no designa una única operación. El libro reúne acciones como regeneración, rehabilitación, reconstitución, reconstrucción, revalorización, reeducación, reparación y revolución. Cada una permite pensar qué relaciones ecológicas, culturales o sociales fueron dañadas, debilitadas o interrumpidas y qué puede hacer el proyecto para restablecer su vitalidad.
Sostenibilidad, regeneración y sistemas vivos
Martignoni planteó la regeneración como un complemento de la sostenibilidad. Mientras esta última procura reducir consumos, emisiones e impactos, la mirada regenerativa se pregunta cómo favorecer la abundancia y la diversidad de los sistemas vivos. No se trata de regresar a una condición fija, sino de trabajar con procesos capaces de recomponer vínculos entre agua, suelo, vegetación, fauna, cultura, memoria y formas de habitar.
La publicación organiza los proyectos en cuatro ejes: resiliencia —el arte de resistir—; equidad —el arte del respeto—; conservación —el arte de resguardar—; y acciones educativas —el arte de replicar—.
Asimismo, los límites entre ellos son permeables. La gestión del agua puede producir espacio público; una restauración ecológica puede incorporar aprendizaje comunitario; y la conservación de un paisaje también puede resguardar memorias y prácticas locales.
Los enfoques abordados en el seminario se vinculan con el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 15: Vida de ecosistemas terrestres, uno de los 17 objetivos adoptados por Naciones Unidas en 2015 para abordar desafíos globales hacia 2030. Este ODS comprende, entre otros aspectos, la protección y restauración de los ecosistemas terrestres y la conservación de la biodiversidad, temas presentes en las experiencias sobre regeneración del paisaje, vegetación nativa, comunidades vegetales y hábitats para distintas especies.
Otra imagen central fue la de América como una colmena: una red en la que las respuestas se producen de forma colectiva y pueden ser compartidas, sin borrar las diferencias regionales. De este modo, un proyecto desarrollado en el norte no se traslada literalmente al sur, pero sus criterios sí pueden compararse, ajustarse y ensayarse en otro clima, otra cultura o una escala diferente.
Al cerrar su exposición, Martignoni trasladó esa responsabilidad a quienes intervienen el territorio:
“Somos nosotros los que tenemos que reconstruir partes, lazos, relaciones perdidas o dañadas del sistema que garantizan la vida”.
La misma lógica colectiva orientó la edición del libro. Aunque los nombres de los estudios aparecen reunidos al final, cada proyecto, fotografía e idea conserva sus créditos. Para Martignoni, trabajar colectivamente no elimina la autoría: exige reconocer con precisión a las personas que forman ese trabajo común.
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Diseñar lo común desde las condiciones de cada lugar
La arquitecta chilena Paula Livingstone, socia fundadora de JL Arquitectura Paisaje, presentó el trabajo de una oficina dedicada al espacio público, la infraestructura verde, la restauración ambiental y los proyectos territoriales.

Su punto de partida estuvo en los intersticios de la ciudad: bordes, conexiones entre edificios, terrenos vacíos y otras áreas capaces de convertirse en lugares compartidos. A este respecto, aseguró:
“Nos encanta el tema de diseñar y tratar lo común”.
Livingstone explicó que la extensión de Chile y su diversidad geográfica obligan a estudiar cada territorio antes de proyectar. Una respuesta pensada para Santiago no puede aplicarse sin cambios en el desierto, el bosque templado o la Patagonia. El clima, las cuencas, la vegetación, la topografía y las formas de uso no son un contexto posterior al diseño: constituyen su materia inicial.
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Tres escalas para observar, probar y ajustar
En el Parque Natural Cerro Calán, en Santiago, el proyecto recuperó senderos, incorporó nodos de biodiversidad con vegetación nativa y sumó miradores y dispositivos de observación astronómica. La participación de vecinos y grupos de usuarios permitió recolectar semillas, reconocer insectos y componentes geológicos, y discutir los usos del cerro. Los prototipos de plantación y riego ayudaron a corregir soluciones antes de extenderlas al conjunto.
El Mercado Urbano Tobalaba planteó otro desafío: construir espacio público y vegetación entre cuatro torres y sobre sucesivas losas de hormigón. El estudio proyectó plazas, paseos, jardines y terrazas que alojan circulación, encuentro, trabajo y descanso en un sector de Santiago con pocas áreas verdes. La obra exigió incorporar suelo y vegetación dentro de una estructura dominada por el hormigón y coordinar las decisiones del paisaje con las de arquitectura e ingeniería.
En la Viña Cousiño Macul, los recorridos se integraron al paisaje productivo. Bandas florales para polinizadores, vegetación nativa, senderos entre las parras, antiguas acequias recuperadas, materiales reutilizados y espacios educativos permitieron relacionar producción, biodiversidad y experiencia del visitante.
Los tres casos mostraron un método común: observar, involucrar a quienes usan el lugar, probar en obra y acompañar la evolución del proyecto. Para Livingstone, la participación, el seguimiento y el mantenimiento forman parte del diseño; no son tareas que comienzan cuando la obra ya terminó.
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Comunidades vegetales: proyectar propagación, plantación y mantenimiento
La paisajista argentina Ernestina Anchorena centró su exposición en la llanura pampeana y el paisaje rioplatense. En un territorio de variaciones topográficas sutiles, leer el lugar supone atender a los cambios estacionales, los pastizales, los bordes, los suelos y las asociaciones vegetales. Aquello que a primera vista parece uniforme contiene diferencias decisivas para el proyecto.
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El primer caso compartido fue el del Museo Campo Cañuelas, incluido en Generación R. El predio era una antigua quinta cerrada, con árboles y elementos acumulados sin una relación clara con la pampa que la rodeaba. El retiro del muro abrió el museo de esculturas hacia el campo. Una cinta de hormigón color ferrite —vinculada con construcciones rurales bonaerenses— enlazó las obras y ordenó el recorrido, mientras las praderas resolvieron la transición entre la escala baja del césped y la altura de los árboles.
Para producir esas plantaciones, Anchorena desarrolló un vivero y protocolos propios de recolección, propagación, plantación y manejo. En lugar de dibujar ejemplares aislados, proyectó comunidades, densidades y relaciones. Durante la ejecución, el sustrato, el riego, la competencia entre plantas y las tareas de mantenimiento modificaron los resultados. Los errores no quedaron fuera del relato: sirvieron para ajustar el protocolo y volver a ensayar.
Los proyectos costeros que presentó introdujeron una distinción entre restaurar un paisaje y diseñar un jardín. En una restauración, Anchorena prioriza semillas procedentes del lugar y trabaja con las dinámicas existentes. En un jardín puede incorporar especies adaptadas, siempre que estudie su comportamiento en el sistema. En ambos casos, el mantenimiento disponible y la transformación futura de la vegetación deben considerarse desde el comienzo.
Cerca de las viviendas, propuso conservar sectores reconocibles por sus perfumes y por la memoria del “jardín de la abuela”; a mayor distancia, admitir una vegetación menos controlada. Al referirse específicamente a Uruguay, sintetizó esa atención hacia los paisajes de borde:
“Empezar a mirar al río, empezar a mirar al mar [...] todo lo que crece en ese borde y cómo replicarlo y conservarlo”.
Su exposición mostró que seleccionar plantas también implica prever cómo conseguirlas, reproducirlas, instalarlas y cuidarlas. La representación del proyecto, la obra y el mantenimiento forman así una secuencia continua de decisiones.
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Mariposas Salvajes: pequeñas estaciones para una red urbana
La arquitecta y paisajista Paula Rial, coordinadora académica de la carrera de Técnico en Paisajismo de ORT, explicó el origen de Mariposas Salvajes. El proyecto, desarrollado con la entomóloga Gabriela Bentancur Viglione e incluido en Generación R, surgió de investigaciones de Rial vinculadas con el arte, la representación botánica y las mariposas.

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Después de observar una migración en su jardín, Rial consultó a Bentancur y comenzó a estudiar qué condiciones podían facilitar la llegada, alimentación y reproducción de estos insectos en la ciudad. La pregunta desplazó el proyecto desde la figura aislada de una mariposa hacia la red de relaciones que hace posible su ciclo de vida.
Presentada en Ghierra Intendente 2020, la propuesta imaginó Montevideo conectada por pequeñas estaciones de vegetación. Algunas aportarían plantas hospederas para las larvas; otras, alimento y refugio para los adultos. Distribuidas en plazas, parques, jardines y balcones, podrían formar un corredor biológico. Durante la pandemia, una instalación en el Espacio de Arte Contemporáneo funcionó como primer ensayo construido.
El proceso cambió la manera en que Rial seleccionaba las plantas. El color y la forma dejaron de ser criterios suficientes: también era necesario evaluar la función ecológica de cada especie y su manejo posterior.
“Lo primero es que sea bueno y después buscamos cómo hacerlo lindo”.
Bentancur aportó conocimiento entomológico y los viveros colaboraron en la localización de especies. Con esa información, Rial revisó la composición, el trazado de las estaciones y su mantenimiento. También defendió la creación de materiales accesibles y el registro ciudadano como herramientas para que una intervención pequeña pueda integrarse a una red mayor.
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Diseñar para todo el ciclo de vida de las mariposas
La entomóloga Gabriela Bentancur Viglione desarrolló la dimensión biológica del proyecto y abordó la ciencia ciudadana, la distribución territorial de las especies y los ciclos completos de los lepidópteros.

Al explicar su metodología —registro fotográfico, cría y liberación de ejemplares, y observaciones aportadas desde distintos puntos del país—, destacó que la investigación no exige necesariamente sacrificar aquello que estudia. En tal sentido, refirió:
“Soy la prueba de que se puede hacer ciencia sin matar el objeto de estudio”.
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Aprender a ver todas las etapas
Bentancur advirtió que incorporar flores no basta para atraer y conservar mariposas. Según la especie, hacen falta plantas hospederas para las larvas, fuentes de néctar u otros alimentos para los adultos y lugares apropiados para formar las pupas. El suelo descubierto, la hojarasca, el refugio, el sol y la protección frente al viento también pueden ser determinantes.
Una poda, la remoción de hojas secas o el recubrimiento completo del suelo pueden eliminar una generación antes de que aparezcan los adultos. Por eso, “aprender a ver” implica reconocer que huevo, oruga, pupa y mariposa adulta son partes del mismo ciclo y que cada etapa puede requerir condiciones diferentes.
La flora existente ofrece, además, información sobre las poblaciones que pueden vivir en un sitio. Bentancur explicó que las mariposas no se distribuyen de manera uniforme en Uruguay: un jardín de la costa, las sierras o el litoral no debería diseñarse a partir de una única lista de plantas. Primero conviene observar qué comunidades vegetales permanecen en el entorno y, a partir de ellas, enriquecer el lugar.
Frente a los mariposarios cerrados, la especialista prefirió los jardines abiertos. Estos permiten que las poblaciones lleguen por sus propios medios y pueden beneficiar al mismo tiempo a otros insectos y aves, sin extraer ni confinar ejemplares. El resultado no es instantáneo: cuanto más aislado esté un jardín de otros hábitats, más tiempo puede requerir su colonización.
La exposición también planteó precauciones ante las especies exóticas, los productos químicos y los controles biológicos de amplio alcance. Una solución dirigida a un organismo puede afectar relaciones ecológicas que todavía no se conocen por completo. De allí la necesidad de manejar, monitorear y corregir cada intervención en lugar de considerarla terminada una vez plantada.
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Paisajismo: observación, método y formación profesional
Las cinco exposiciones cambiaron de escala y contexto, pero compartieron preguntas operativas clave:
- ¿Qué existe en el sitio?
- ¿Qué conviene conservar?
- ¿Cómo se construirá la propuesta?
- ¿Qué relaciones deben recomponerse?
- ¿Qué mantenimiento será realmente posible?
Los casos mostraron que el paisaje, lejos de resolverse con una imagen final, requiere relevamientos, pruebas, trabajo interdisciplinario y seguimiento.
También hicieron visibles tareas propias del ejercicio profesional del paisajismo: reconocer un terreno, seleccionar y producir vegetación, representar una propuesta, presupuestar su ejecución, coordinar especialistas, dirigir una obra y evaluar su desarrollo. Para quienes ya cursan, el seminario amplió el repertorio de proyectos y métodos. Para quienes consideran estudiar paisajismo, ofreció una aproximación concreta a su campo de trabajo.
La carrera de Técnico en Paisajismo de la Universidad ORT Uruguay tiene una duración de dos años y está organizada en cuatro semestres. Su plan integra cinco áreas —humanística, tecnología y administración, horticultura ornamental, artística y diseño— para aprender a proyectar, representar, presupuestar, gestionar y construir obras de paisaje.
La formación está dirigida a personas interesadas en la jardinería, los espacios verdes y el diseño, así como a profesionales que buscan incorporar herramientas de paisajismo a su actividad. El próximo comienzo está previsto para el 15 de marzo de 2027.