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Vivienda cooperativa en Uruguay, el espacio intermedio donde empieza la vida común

En un tiempo atravesado por crisis habitacionales, soledad urbana y barrios cada vez más fragmentados, volver a mirar la vivienda cooperativa uruguaya permite abrir preguntas urgentes: cómo diseñar proximidad sin imponer convivencia y cómo construir vida común sin borrar la intimidad.

Imagen de la cooperativa uruguaya VICMAN, generada con IA.

Una parte de esa respuesta aparece en lugares que muchas veces pasan desapercibidos: el umbral, el corredor, el jardín, el puente, la plataforma, el borde. Espacios que no son del todo casa ni del todo ciudad, pero donde se decide cuánto se muestra, cuánto se protege y qué posibilidades tiene el encuentro cotidiano.

El paperEspacio intermedio y arquitectura del encuentro en la vivienda cooperativa en Uruguay”, de la Ma. Arq. Maria Eugenia Puppo (docente investigadora de la Facultad de Arquitectura de ORT) y la Arq. Nieves Fernández-Villalobos, publicado en VLC arquitectura, estudia esa zona de mediación en tres cooperativas montevideanas: VICMAN, AFAF 3 y CUTCSA I.

A través de plantas, observaciones, fotografías y diagramas, las autoras muestran que el espacio intermedio puede ser una infraestructura social: una forma de articular vivienda, comunidad y ciudad a través de umbrales, recorridos, usos y bordes.

La lectura resulta especialmente útil para pensar la vivienda colectiva hoy. Estos casos no ofrecen recetas para copiar, pero sí principios proyectuales para diseñar vínculos, cuidados compartidos y formas de encuentro que no cancelen la intimidad doméstica.

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Un espacio entre la puerta y la ciudad

El espacio intermedio puede sonar como una categoría técnica, pero el artículo lo trabaja desde situaciones muy concretas. Un corredor puede ser más que circulación. Una plataforma puede comportarse como calle. Un balcón puede transformarse en umbral. Un jardín puede filtrar la relación con el barrio. Un salón común puede extender la vida del conjunto hacia talleres, ferias o actividades vecinales.

En las cooperativas estudiadas, lo intermedio no aparece como un resto entre funciones principales. Es una zona de mediación. Permite que la casa no quede encerrada sobre sí misma y que lo común no se vuelva imposición.

Ese equilibrio se diseña con precisión. Si todo queda abierto, la intimidad se debilita. Si todo se cierra, la vida colectiva pierde soporte. Entre esos dos extremos aparecen filtros, pasajes, plataformas, jardineras, corredores y bordes.

Tres cooperativas, tres formas de acercar sin invadir

En VICMAN, ubicada en Malvín Norte y diseñada entre 1964 y 1973 por Alfredo Nebel Farini y Eladio Dieste, el encuentro aparece distribuido en pequeñas transiciones. Las viviendas dúplex adosadas se relacionan con áreas verdes, pasajes peatonales, antejardines y servicios comunes.

*VICMAN: planta, esquemas y fotografías de espacios intermedios / VLC arquitectura, 2025 / CC BY-NC 4.0*

Las jardineras de ladrillo integradas a las fachadas funcionan como membranas habitables: filtran vistas, regulan el contacto con el exterior y permiten apropiaciones cotidianas.

En AFAF 3, diseñada en 1973 por el Centro Cooperativista Uruguayo bajo dirección de Rafael Lorente, la operación central es una plataforma elevada que funciona como calle comunitaria. Los accesos se separan mediante puentes breves; los balcones y bordes suspendidos admiten macetas, muebles y objetos personales; la planta baja genera sombra, encuentro y actividades compartidas.

*AFAF 3: planta, esquema circulatorio, alzados y fotografías de espacios verdes, parrilleros, zonas de juegos y plataformas / VLC arquitectura, 2025 / CC BY-NC 4.0*

En CUTCSA I, construida entre 1972 y 1975 en el barrio del Prado por Inda, Singer y Vanini, los corredores abiertos son protagonistas. El conjunto se organiza en dos torres paralelas, vinculadas por un parque central y un puente techado. Plantas, bicicletas y mobiliario convierten esos corredores en umbrales colectivos: lugares donde la casa mira hacia el conjunto sin perder su espesor privado.

*CUTCSA I: planta general, corte, esquema del proyecto y fotografías de espacios comunes, corredores y área recreativa / VLC arquitectura, 2025 / CC BY-NC 4.0*

Los tres casos muestran algo común: la vida colectiva no depende de un único gran espacio compartido. Muchas veces se construye en escalas menores, en lugares de paso que dejan de ser solo paso, en bordes que filtran, en recorridos que permiten reconocer la presencia de otros.

Umbrales, recorridos, usos y bordes

A este respecto, el paper organiza su lectura en cuatro operaciones: umbral, recorrido, uso y borde.

Umbral

El umbral no es solo una línea de separación. Puede ser una jardinera, un balcón, un puente, una galería o un acceso lateral. Allí se negocia cuánto se muestra y cuánto se reserva.

Recorrido

El recorrido tampoco es un dato secundario. Caminar hacia una vivienda puede implicar atravesar una calle elevada, un pasaje verde, una escalera abierta o un corredor habitado. La circulación puede volverse experiencia compartida.

Uso

El uso completa el proyecto. Macetas, bicicletas, muebles, juegos, ferias, reuniones o actividades vecinales muestran que la arquitectura intermedia admite apropiaciones no totalmente previstas. Y esa atención al edificio vivido dialoga con otras lecturas del Blog de la Facultad de Arquitectura de ORT sobre observar cómo se usa un edificio antes de proyectar que te recomendamos leer también:

Borde

El borde relaciona la cooperativa con la ciudad. Puede funcionar como filtro, límite o interfaz urbana. Su diseño incide en la continuidad del conjunto con el entorno y en la posibilidad de que la vivienda colectiva no quede aislada.

Leer el paper para entrar en la arquitectura del encuentro

La lectura completa del artículo permite seguir con más detalle la genealogía del espacio intermedio, desde casas patio y conventillos hasta vivienda moderna y cooperativas uruguayas.

También presenta el método de análisis, los esquemas comparativos y la lectura de VICMAN, AFAF 3 y CUTCSA I. Las figuras del paper ayudan a entender cómo plantas, secciones, recorridos, fotografías y diagramas revelan lógicas que no siempre se perciben en una descripción general.

Las autoras no presentan estos casos como modelos cerrados. Los leen como experiencias situadas, con principios todavía fértiles para pensar el habitar colectivo: cómo diseñar viviendas que no aíslen, cómo sostener vínculos sin cancelar intimidad, cómo hacer que un corredor, una plataforma o una jardinera participen de la vida común.

El propio artículo marca también un límite importante: su enfoque se concentra en la dimensión proyectual y morfológica, sin estudiar en profundidad cómo la gestión habitacional transforma el uso del espacio a lo largo del tiempo. Esa cautela vuelve más rigurosa la lectura.

Mirar el espacio entre las cosas

En la vivienda cooperativa, la vida común no empieza necesariamente en una plaza, un salón comunal o una gran pieza colectiva. A veces empieza antes: en el tramo que separa una puerta de otra, en la sombra de una plataforma, en una jardinera, en un corredor abierto, en un puente, en el borde donde el conjunto se encuentra con la ciudad.

Una puerta demasiado expuesta puede empujar a cerrarse. Un corredor demasiado neutro puede acelerar el paso. Un espacio común demasiado indefinido puede quedar vacío.

Pero una secuencia bien pensada de umbrales, recorridos y bordes puede dar lugar a otra cosa: una pausa, un saludo, una conversación, una feria, un juego, una reunión, una presencia reconocible.

Para quienes estudian Arquitectura, el paper ofrece una lección proyectual concreta: diseñar vivienda colectiva exige mirar lo que ocurre entre las piezas principales. Allí, en ese espacio intermedio, se decide buena parte de la relación entre intimidad, comunidad y ciudad.

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