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Smiljan Radić y Alejandro Aravena en diálogo: 8 aprendizajes clave para arquitectos y estudiantes de arquitectura

¿Qué puede aprenderse cuando Aravena y Radić, dos arquitectos de trayectorias mundialmente reconocidas —galardonados con el Premio Nacional de Arquitectura 2026 y con los dos premios Pritzker chilenos—, explican no solo qué hicieron, sino cómo aprendieron arquitectura, cómo desarrollan sus proyectos y cómo enfrentan las incertidumbres de la profesión?

Alejandro Aravena y Smiljan Radić.

El 23 de julio de 2026, los arquitectos Alejandro Aravena y Smiljan Radić participaron en una sesión del programa La ciudad y las palabras, realizada ante un auditorio completo en el Centro de Extensión del Campus Oriente de la Pontificia Universidad Católica de Chile. La conversación fue conducida por el arquitecto y académico Fernando Pérez Oyarzún, Premio Nacional de Arquitectura de Chile en 2022 y director del Museo Nacional de Bellas Artes de Chile entre 2019 y 2023.

Pérez planteó el encuentro como una oportunidad para escuchar de primera mano cómo piensan los invitados, cómo entienden la arquitectura y qué futuro imaginan para ella. La conversación reconstruye experiencias de formación, métodos de trabajo, relaciones profesionales y preguntas todavía abiertas.

Aravena y Radić, reconocidos con el Premio Pritzker en 2016 y 2026, respectivamente, respondieron desde posiciones diferentes. Aravena desarrolló argumentos más programáticos sobre el aprendizaje, el proyecto y la relevancia social de la arquitectura. Radić, por su parte, se mostró más reticente a formular reglas generales y destacó las relaciones particulares, los objetos concretos, los errores y la flexibilidad intelectual.

Cuatro días después del encuentro, el Directorio Nacional del Colegio de Arquitectos de Chile los eligió conjuntamente como ganadores del Premio Nacional de Arquitectura 2026. La cercanía entre ambos acontecimientos convirtió el diálogo en un registro especialmente significativo de dos maneras distintas de pensar y ejercer la disciplina.

https://www.youtube.com/watch?v=wsvqxB5LP2Q

El principal aprendizaje que surge de la conversación es que formarse como arquitecto supone construir criterio: aprender a observar, representar, discutir y corregir ideas hasta convertirlas en propuestas capaces de responder a condiciones reales.

8 aprendizajes para estudiantes de arquitectura y arquitectos

Las siguientes ideas no fueron formuladas por Aravena y Radić como un sistema exacto de reglas inflexibles y determinadas. Esta lista es una síntesis interpretativa de los principales asuntos discutidos durante el encuentro en la Pontificia Universidad Católica de Chile, con un desarrollo y especificidad más profunda a posteriori. 

1. La vocación puede construirse

No es imprescindible comenzar la carrera con una identidad profesional completamente definida. La experiencia puede transformar una elección inicial incierta.

2. La formación continúa después del egreso

Profesores, amigos, colaboradores, libros, edificios y obras siguen educando durante toda la trayectoria.

3. Cuestionar exige más trabajo

El desacuerdo adquiere valor cuando se fundamenta mediante estudio, argumentos y capacidad para sostener una alternativa.

4. Los edificios deben estudiarse activamente

Dibujar, medir y observar permite reconstruir decisiones que una mirada superficial no revela.

5. Los errores deben aparecer mientras todavía son corregibles

La crítica, la maqueta, el dibujo y el modelo ayudan a detectar problemas antes de que se conviertan en consecuencias materiales.

6. La arquitectura se produce con otros

La dirección de un proyecto no elimina el conocimiento de colaboradores, especialistas y trabajadores de la obra.

7. Representar también es pensar

Una representación útil no solo muestra un proyecto: produce información que permite comprenderlo y modificarlo.

8. El futuro necesita capacidad proyectual y flexibilidad intelectual

Aravena destaca la necesidad de intervenir sobre problemas relevantes para la sociedad. Radić recuerda que esa intervención no puede depender de recetas únicas ni de certezas permanentes.

La vocación por la arquitectura también se construye

Los relatos de Aravena y Radić sobre sus comienzos en la arquitectura contradicen la idea de que toda trayectoria relevante nace de una vocación temprana e inequívoca. Aravena contó que ingresó a estudiar Arquitectura a los 17 años, sin conocer demasiado la disciplina y casi por descarte. Su aproximación comenzó a adquirir dirección mediante profesores, autores y referencias que le permitieron reconocer distintas formas de entenderla.

Radić describió un comienzo igualmente poco solemne. Explicó que dibujaba bien, que entonces existían menos alternativas universitarias y que Arquitectura parecía una elección razonable. Durante la carrera incluso consideró cambiarse a Derecho. Ninguno presentó la profesión como un destino evidente. En ambos relatos, el interés por la arquitectura adquirió profundidad mediante experiencias, docentes, lecturas, amistades y formas concretas de trabajar.

 
 
 
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Esto ofrece una enseñanza importante para quienes comienzan la carrera sin una identidad profesional completamente definida. La incertidumbre inicial no determina el resultado de una trayectoria. Una vocación también puede construirse a medida que se comprenden los problemas, las herramientas y las posibilidades de la disciplina.

Radić llevó esta reflexión más lejos al distinguir entre comenzar y permanecer. Según explicó, iniciarse en una actividad es menos decisivo que conseguir mantenerse en ella. Esa permanencia depende de las personas de las que alguien se rodea, de las relaciones que conserva y de la educación que continúa recibiendo durante los años.

La formación no termina con la universidad

La conversación mostró que la educación de un arquitecto no puede reducirse al tiempo que pasa dentro de una institución. A este respecto, Radić destacó que sus amigos y colaboradores continuaron educándolo mucho después de su formación inicial. No describió el aprendizaje como una transferencia unilateral desde un docente hacia un estudiante, sino como una red de relaciones que se prolonga y se transforma durante la vida profesional.

Fernando Pérez relacionó esa formación continua con el interés temprano de ambos arquitectos por los libros y las publicaciones. Recordó trabajos editoriales realizados por Radić cuando todavía era estudiante y mencionó, en el caso de Aravena, El magno templo griego, una publicación de 1995 que reunía dibujos, reflexiones y experiencias de un viaje por el sur de Italia.

La interpretación de Pérez fue que ambos desarrollaron una práctica reflexiva: no se limitaron a ejercer la profesión, sino que también intentaron pensar su sentido. La lectura, la escritura, el dibujo, la edición y la selección de referencias aparecen así como componentes elementales de la formación arquitectónica, no como actividades periféricas.

Radić retomó esa relación entre aprendizaje y entorno al explicar que las personas elegidas como compañía pueden convertirse en educadores permanentes. Su planteo no equivale simplemente a construir una red profesional. Supone buscar relaciones capaces de cuestionar, ampliar y transformar la propia mirada.

Cuestionar exige rigor

Aravena introdujo un matiz especialmente útil al hablar de sus profesores. Reconoció la influencia de quienes le ofrecieron caminos y referencias, pero también el efecto formativo de aquellos con los que discrepabaSegún explicó, la voluntad de llevar la contra podía obligarlo a ser más riguroso, rebelde y contestatario. Sin embargo, estableció una diferencia esencial: sin preparación, la rebeldía se reduce a una reacción; cuando se sostiene mediante estudio y argumentos, puede contribuir a formar pensamiento y carácter.

El valor de esta idea no reside en promover el desacuerdo por sí mismo. Su exigencia es mayor: Cuestionar una enseñanza o una convención obliga a estudiar mejor, construir razones y demostrar por qué otra alternativa podría ser pertinente. Para un estudiante, desarrollar pensamiento crítico significa aprender a diferenciar una respuesta impulsiva de una posición que puede sostenerse frente a preguntas, objeciones y consecuencias.

Cuando los edificios se convierten en profesores

Uno de los pasajes más concretos del encuentro surgió cuando Aravena recordó un consejo recibido antes de viajar a Europa: llevar cuadernos y una cinta métrica para dibujar y medir directamente los edificiosEl objetivo no era producir imágenes atractivas ni registrar recuerdos de viaje. Aravena explicó que dibujar una obra permite reconstruirla intelectualmente. El estudiante debe interpretar cómo el peso desciende hasta las fundaciones, cada cuánto se dispone una columna, cómo se resuelve una esquina y qué decisiones determinan los anchos y las alturas.

El edificio deja así de ser una imagen terminada y se convierte en una secuencia de decisiones que puede investigarse. Medir también permite situarse, aunque sea parcialmente, frente al problema que debió resolver quien proyectó la obra. Cada dimensión invita a preguntarse por qué fue elegida, qué permite y qué consecuencias produce.

*Casa para el Poema del Ángulo Recto, de Smiljan Radić / Crédito de imagen: Smiljan Radić / Vía: The Pritzker Architecture Prize*

Aravena relacionó esta experiencia con la distancia desde la que muchos estudiantes acceden a determinadas obras o tradiciones. Cuando aquello que se necesita conocer queda lejos, sostuvo, es necesario inventar un camino para reducir la brecha entre la experiencia disponible y el conocimiento que se busca alcanzar.

La enseñanza trasciende el viaje. Aprender de una obra exige observación activa. No basta con verla, fotografiarla o reconocer a su autor. Es necesario preguntarse cómo se sostiene, cómo se recorre, qué relaciones establece entre sus partes y qué otras decisiones podrían haber resuelto el mismo problema.

La obra también produce conocimiento

El dibujo permite estudiar y anticipar decisiones, pero la construcción introduce conocimientos que la representación no contiene por completo. Aravena recordó sus primeros trabajos profesionales, cuando desarrollaba bares, vitrinas y otros encargos de pequeña escala. En algunos de esos proyectos se convertía en ayudante de los carpinteros y soldadores que construían lo que él había diseñado.

El cambio de posición resultó decisivo. Mientras proyectaba, era quien daba indicaciones; durante la ejecución, escuchaba a los maestros cuestionar decisiones que funcionaban en el papel, pero resultaban difíciles o imposibles de construir.

 
 
 
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Un ángulo aparentemente limpio podía impedir el acceso de una mano o de una herramienta. Dos líneas separadas por pocos milímetros en un dibujo podían transformarse después en un muro de hormigón con dimensiones y consecuencias irreversibles. El conocimiento empírico de quienes trabajaban en la obra hacía visibles problemas que la representación había ocultado.

El aprendizaje no consistió únicamente en mejorar detalles constructivos. También implicó reconocer que la arquitectura reúne saberes distribuidos entre numerosos actores y oficios. La obra no es, por tanto, una fase pasiva en la que se ejecuta una idea completamente terminada. Es también una instancia que comprueba, cuestiona y transforma el proyecto.

Equivocarse antes de construir

Aravena describió el trabajo en su oficina como un proceso de crítica intensa, en el que las propuestas son sometidas deliberadamente a presión. La discusión presencial permite observar no solo argumentos, sino también gestos, silencios y reacciones. Una mueca puede indicar que una solución todavía no convence; una conversación puede hacer visible una posibilidad que no estaba suficientemente formulada.

El objetivo es que los problemas aparezcan mientras el proyecto todavía puede modificarse. Aravena lo expresó mediante una idea directa: resulta preferible que el proyecto sufra sobre el papel antes de que las consecuencias aparezcan en la realidad.

Más adelante resumió el criterio que guía la elección de instrumentos: utilizar todo aquello que permita equivocarse de manera rápida y barata. El error no se celebra como resultado. Su valor reside en que se vuelva visible cuando todavía puede ser examinado, discutido y corregido.

El primer boceto no es “intocable”

Radić abordó el mismo problema desde otra perspectiva. Para él, un proyecto puede mejorar cuando enfrenta los conflictos y restricciones de la obraUna propuesta ganadora de un concurso puede comenzar como una formulación abstracta. Después aparecen condiciones constructivas, limitaciones económicas, diferencias entre actores y dificultades técnicas que no estaban completamente previstas.

Radić sostuvo que esas tensiones pueden volver el proyecto más híbrido y acercarlo a la realidad, siempre que exista una conducción arquitectónica capaz de interpretar los nuevos aportes. La distancia entre el primer dibujo y la obra terminada no necesariamente demuestra que la idea fue traicionada. También puede indicar que maduró al recibir información que todavía no contenía.

Este planteo cuestiona el mito de la idea inicial perfecta, concebida individualmente y ejecutada sin alteraciones. La calidad de un proceso también depende de su capacidad para abandonar soluciones débiles, incorporar otros conocimientos y conservar una dirección mientras el proyecto se transforma.

La arquitectura como trabajo colectivo

Fernando Pérez planteó una aparente contradicción: Aravena y Radić poseen identidades arquitectónicas reconocibles, pero toda obra depende del trabajo de muchas personasRadić respondió que no existe una fórmula universal para colaborar. Cada vínculo se desarrolla de manera específica. Incluso cuestionó expresiones demasiado amplias, como hablar de la arquitectura trabajando con el arte en términos generales: lo que existe es una arquitectura concreta relacionándose con una forma particular de arte y con personas determinadas.

*Arq. Smiljan Radić, Premio Pritzker 2026*

La colaboración no es, en esta lectura, una categoría abstracta que pueda aplicarse siempre del mismo modo. Depende del proyecto, de quienes participan y de los objetos alrededor de los cuales trabajan. Aravena también defendió la dimensión colectiva del diseño. En su práctica, la discusión con socios y colaboradores permite introducir más información, detectar decisiones débiles y reconocer alternativas que difícilmente surgirían del trabajo solitario.

Esta visión se distancia de la figura del arquitecto como creador aislado. Una propuesta puede conservar dirección y responsabilidad profesional sin negar los conocimientos de arquitectos, artistas, ingenieros, constructores, técnicos y trabajadores de la obra.

¿Por qué las cosas concretas ayudan a pensar?

En este sentido, Radić formuló una de las ideas más singulares del diálogo al sostener que las cosas arrastran ideasSu planteo surgió al explicar el trabajo con personas provenientes de otras disciplinas. Resulta más sencillo compartir y transformar una idea cuando existe una cosa concreta alrededor de la cual conversar.

Una expresión abstracta como trabajar con el aire puede permanecer indefinida. Una bolsa inflada, en cambio, abre preguntas: cómo se infla, cómo mantiene su forma, qué materiales necesita, qué antecedentes posee y qué puede modificar cada participante.

El objeto recibe información y también la devuelve. Permite que arquitectos, ingenieros, artistas y constructores observen un mismo problema desde conocimientos distintos. Materializar una idea no significa necesariamente cerrarla. Puede ser una forma de abrirla a nuevas preguntas.

Por eso, maquetas, modelos, fragmentos y objetos de prueba no sirven únicamente para mostrar un resultado. También pueden convertirse en interlocutores del proceso: introducen resistencia, revelan incompatibilidades y obligan a precisar decisiones que todavía permanecían en el terreno de las intenciones.

Representar no es decorar: es producir información

Radić cuestionó la idea del dibujo como un producto cuyo principal valor consiste en resultar atractivo. Según explicó, un arquitecto no entrega solamente una imagen: entrega información. La representación necesita un código capaz de comunicar con claridad y rapidez aquello que el proyecto requiere explicar.

Esa información no está destinada únicamente a otras personas. También debe volver hacia quien proyecta y permitirle observar de otra manera el objeto que está desarrollando. La representación funciona así en dos direcciones: comunica el proyecto y devuelve conocimiento que permite revisarlo.

Radić vinculó este criterio con cuestiones como la sostenibilidad y el trabajo colectivo. Si esos aportes no producen cambios concretos en la arquitectura, podría significar que el proyecto no los está incorporando verdaderamente. Mencionar un concepto no equivale a integrarlo. Para que tenga relevancia, debe afectar decisiones de organización, construcción, materialidad o uso.

No existe una herramienta correcta para todos los casos

La conversación evitó enfrentar de manera simplista las herramientas analógicas y digitales. Radić sostuvo que una persona puede dibujar bien o mal tanto a mano como mediante una computadora. El instrumento no garantiza la calidad del pensamiento.

Sin embargo, identificó una característica productiva de algunos procesos analógicos: sus errores aparecen durante el desarrollo. Un corte inesperado en un cartón puede revelar una posibilidad que no estaba prevista. Si quien diseña presta atención al proceso y no solo al resultado final, esos accidentes pueden convertirse en información.

Una impresora 3D, en cambio, puede separar el comando inicial del objeto terminado durante varias horas. Esto no vuelve inútil a la herramienta, pero exige buscar formas de observar y evaluar también lo que ocurre entre ambos momentos.

Radić también reivindicó la planta y advirtió sobre el poder de seducción de los modelos tridimensionales. Una visualización convincente puede hacer parecer resuelto un proyecto que todavía necesita ser analizado. Aravena explicó que el croquis le resulta más rápido que el dibujo por computadora, pero tampoco lo presentó como una herramienta superior en términos absolutos.

Su interés reside en que dibujar obliga a seleccionar. No se pueden representar todas las líneas de una escena, por lo que la relación entre la mente y la mano debe decidir cuáles son relevantes. Una vez exteriorizado, el pensamiento puede observarse con mayor distancia crítica.

Croquis, planta, maqueta, modelo digital o impresión 3D son útiles cuando ayudan a comprender una idea, detectar errores y corregirla. La pregunta decisiva no es si una herramienta es manual o digital, sino qué información permite producir en cada etapa del proyecto.

¿Cómo puede la arquitectura recuperar relevancia social?

Uno de los argumentos más amplios del encuentro surgió cuando Aravena reconstruyó una conversación con Hashim Sarkis. Según ese relato, en los años sesenta se habría producido una bifurcación dentro de la arquitectura.

Por un lado, algunos arquitectos conservaron la especificidad disciplinar y se concentraron en el proyecto, pero comenzaron a trabajar sobre preguntas que interesaban principalmente a otros miembros de la profesión. Obtuvieron libertad creativa, aunque al precio de perder relevancia social.

Por otro lado, otros se ocuparon de problemas como la pobreza, el subdesarrollo o la seguridad, pero abandonaron parte del conocimiento específico de la arquitectura: la capacidad de transformar información en una propuesta.

La alternativa planteada por Aravena consiste en volver a cruzar ambos caminos: trabajar sobre problemas relevantes para la sociedad y conservar la capacidad específica de proyectar. En su formulación, la arquitectura puede ordenar información en clave de propuesta, en lugar de limitarse al diagnóstico.

Esto no significa que el arquitecto posea todas las respuestas. Aravena reconoció que, al aproximarse a las políticas públicas, debió aprender lenguajes que no formaban parte de su formación, como el uso de evidencia y métricas.

El aporte arquitectónico aparece cuando, dentro de esa información, alguien consigue formular una posibilidad concreta y preguntar qué ocurriría si el problema se organizara de otra manera. La interdisciplinariedad no exige abandonar el conocimiento propio. Exige ponerlo en relación con asuntos, personas y lenguajes situados fuera del campo habitual de la profesión.

Las restricciones pueden afilar el diseño

Aravena describió la relación entre encargos diferentes mediante la expresión “polinización cruzada”. En la vivienda social, las restricciones económicas y materiales obligan a justificar cada decisión. Existe poco margen para incorporar elementos que no respondan a una necesidad clara. En otros proyectos, como un museo o un banco, se espera un grado elevado de elaboración y se dispone de una caja de herramientas más amplia.

Según Aravena, ambos extremos pueden alimentarse. Las herramientas precisas desarrolladas en proyectos complejos pueden aplicarse en situaciones restringidas, mientras que el criterio de necesidad aprendido en la vivienda social puede trasladarse a encargos con mayores recursos.

También aclaró que lo estrictamente necesario no se limita a lo básico o funcional. Una dimensión simbólica, emocional o cultural puede ser irreductible para un proyecto. Las restricciones no garantizan automáticamente una buena arquitectura. Su posible valor reside en que obligan a distinguir con mayor rigor qué necesita realmente una propuesta.

Dos respuestas frente al futuro de la profesión en arquitectura

Hacia el final del encuentro, Fernando Pérez mencionó algunas incertidumbres presentes entre los estudiantes de arquitectura: la cantidad de profesionales, las dificultades laborales y el temor a que la inteligencia artificial transforme sus oportunidades. Las respuestas de Aravena y Radić fueron diferentes.

Aravena: intervenir donde la profesión todavía no llega

Aravena sostuvo que una parte considerable de lo construido en Chile y en el mundo se produce fuera de los circuitos profesionales formalesDurante la conversación mencionó cifras aproximadas sobre construcciones y permisos, pero no identificó el estudio, el período exacto ni la metodología de esos datos.

Por eso, el diálogo permite afirmar que Aravena presentó esa estimación, pero no utilizarla como una estadística comprobada de manera independiente. El argumento que desarrolló a partir de ella fue que existen numerosos problemas espaciales y constructivos en ámbitos donde los arquitectos participan poco.

Intervenir en esos contextos exigiría modificar el papel profesional. El arquitecto no sería necesariamente quien controla por completo la forma, sino alguien capaz de canalizar fuerzas, coordinar conocimientos y actuar con recursos, información y control parciales.

Aravena también sugirió que la experiencia adquirida en contextos como el chileno, donde con frecuencia se trabaja frente a incertidumbres y certezas incompletas, puede constituir un conocimiento relevante, en lugar de ser entendida únicamente como una desventaja.

Radić: prepararse sin pretender predecir

Radić comenzó su respuesta reconociendo que no tenía una visión clara sobre el futuro de la arquitecturaTambién manifestó incomodidad con el papel de la figura reconocida que debe convertirse en una especie de predicador y ofrecer certezas a los estudiantes.

Su respuesta no fue una agenda profesional, sino una disposición intelectual: fomentar la flexibilidadRadić la describió como la capacidad de mantener varias posibilidades disponibles y comprender por qué elegir una o descartar otra. Esa apertura permite que diferentes arquitectos desarrollen prácticas valiosas sin necesidad de seguir un único camino.

Para cultivarla, destacó la lectura, el viaje y la observación de la arquitectura, incluso mediante el recorrido del propio barrio. Radić no intentó predecir qué ocurrirá. Propuso una forma de prepararse para escenarios que no pueden anticiparse por completo.

Construir criterio frente a la incertidumbre

El diálogo entre Alejandro Aravena y Smiljan Radić no produjo una definición común sobre lo que debe ser la arquitectura. Su valor reside precisamente en esa falta de uniformidad.

Aravena defiende la capacidad de la disciplina para transformar información compleja en propuestas y recuperar relevancia al trabajar sobre problemas que importan fuera de la profesión.

Radić cuestiona las respuestas universales y protege la práctica frente a la rigidez mediante relaciones específicas, objetos concretos, errores productivos y flexibilidad intelectual.

Ambos coinciden, sin embargo, en algo fundamental: 

La arquitectura no se aprende ni se produce en aislamiento.

La arquitectura se forma mediante profesores, amigos, libros, viajes, edificios, dibujos, objetos, materiales, trabajadores y discusiones. Un proyecto no alcanza calidad por conservar intacta una primera idea, sino por recibir información, resistir críticas y transformarse antes de materializarse.

Formarse como arquitecto supone, en ese sentido, construir criterio: aprender a observar, elegir, representar, discutir y corregir hasta convertir una intención en una propuesta capaz de responder a condiciones concretas.

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